sábado, 13 de diciembre de 2008

EL ALGA ASESINA

EL ALGA ASESINA

Por: Antonio Muñoz Vélez

Fuente: EFE


Detalle de la ‘caulerpa taxifolia’, el “alga asesina”, que se ha extendido por amplias áreas del Mar Mediterráneo.


Aunque la mano del hombre siempre está presente, en ocasiones la llegada de una especie invasora puede ser fruto de la casualidad: la mosca de la fruta, de hecho, debió llegar a Centroamérica como ‘polizón’, a bordo de un cargamento de frutas procedente de Europa. Y otras especies se han convertido en colonizadoras tras escaparse de granjas de cría en cautividad, piscifactorías o, incluso, zoológicos o acuarios.

Fue precisamente de un acuario, el de Mónaco, de donde se cree que partió hace 20 años una de las especies alóctonas más dañinas que han aparecido en Europa en los últimos años. Y no es un pez ni un molusco, sino un alga, la ‘caulerpa taxifolia’, que en poco tiempo ha pasado a ser conocida por el poco cariñoso apelativo de “asesina”.

En una década, este alga tropical ha colonizado amplias zonas de la costa sur de Francia y el norte de Italia, desplazando a una planta marina autóctona, la ‘poseidonia oceánica’, y alterando drásticamente la cadena trófica, al verse privada de un alimento esencial la fauna de las áreas afectadas.

Luz Murube, directora de Zoea, una empresa española que realiza estudios ambientales en el entorno marino, rechaza ese sobrenombre de ‘alga asesina’: “Hay que huir de él”, dice, “porque una vez conocido algo más de su ecología, hemos visto que no es que ‘mate’ a otras plantas y algas submarinas. Simplemente, crece mucho más rápido y las suplanta”. Por eso, para ella es más correcto hablar de “alga invasora”.

Allí donde se instala la ‘caulerpa’, el paisaje queda trastocado definitivamente: el agua se tiñe de un raro color esmeralda, de extraordinaria vistosidad. Pero es una belleza mortal: en el fondo no hay más vida que la de este alga. Es otra muestra, en definitiva, del peligro que en estos tiempos de ‘aldea global’ pueden suponer las especies alóctonas. Ya lo dice la Unión Mundial para la Naturaleza: “Un avión puede ir de un continente a otro en unas horas, haciendo que, para algunas especies, 10.000 años se conviertan en unas pocas horas”.

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